-¿A vivir contigo a dónde? ¿A París?
-No, a Cuenca –bromeó- Sí, aquí, a París. Y no me
digas que no porque me enfado y no respiro.
-¡Sí!- dije eufórica- ya tengo 18, pero les tengo
que preguntar a mis padres. Soy mayor de edad, pero necesito su “bendición”-
dije entrecomillando la palabra.
- Pero díselo rápido, porque a si vienes en verano y
tenemos más tiempo para divertirnos.
-Vale…- reí.
Estuvimos hablando durante 3 horas, se nos pasó el
tiempo volando. Tampoco era una conversión corta, pero no la más larga que
hemos tenido. Hemos llegado a estar hablando unas 5 horas, total, nos salía
gratis.
(…)
Hablé con mis padres durante la cena sobre ir a París.
Al principio me dijeron que era una locura, que no estaba preparada, pero
finalmente, me dejaron. Les hablé sobre las universidades de allí (me estuve informando) y sobre los distintos
paisajes, los museos, la gente… en fin, todo era bueno. Les prometí que les iba
a llamar todos los días y les iba a contar todo lo que me pasaba, tanto lo bueno,
como lo malo. Mi hermano, Álex, se me quedó mirando con cara extraña, sabía que
me iba a echar de menos, no obstante, yo a él también. Tenía 5 años y siempre
le llevaba conmigo, era como una parte de mí. Siempre le cantaba nanas para dormir,
desde que era pequeño.
(…)
Pasaron las semanas y el día llegó. Ya había hablado
con Nuria y me iba a alojar en su casa, teníamos todo planeado: lo que íbamos a
hacer, qué lugares íbamos a visitar, dónde comeríamos…
Salí de casa con una maleta gigante que tenía como dibujo
la bandera de Londres. Sí, de Londres y yo iba a París, todo era muy normal.
Por fin llegó el Taxi, 1 hora había tardado en venir. Metí las cosas en el
maletero.
-Ten cuidado, y no hagas tonterías.-dijo mi madre
dándome un abrazo.- Y abrígate.
Sí, era lo típico de las madres: “Come bien y
abrígate” Los consejos que siempre te dicen, pero que te sacan una sonrisa.
-Mi princesita se hace reina -me abrazó- cuídate y
estudia.
-Sí papá, no te preocupes, y cuando venga aquí te
traeré la figura de la Torre Eiffel que tanto te gusta.
-Sí, eso también- sonrío.
Me dirigí hacia mi hermanito.
-Canijo, ¿no me vas a abrazar?- abrí mis brazos.
Álex vino corriendo hacia mí y me abrazó. Fue un
abrazo precioso.
-No quiero que…que te vayas.- me abrazó más fuerte y
llorando.
-No cariño, no me voy para siempre-le limpié las
lágrimas- No conectaremos por la cam, ¿sí?- le abracé de nuevo.
Mis padres miraban aquella escena, era conmovedora.
-Mira, para que te acuerdes de mí, te voy a dar
esto- le entregué un osito de peluche- Se llama Ted y cada vez que te acuerdes
de mi le das un abrazo, ¿me lo prometes?
-Te lo prometo- sonrió.
Me metí en el coche y fui hasta el aeropuerto. Allí facturé
la maleta y esperé una hora hasta que saliera el avión. Iba en un avión muy
raro, no sabía el nombre y, de hecho, lo sigo sin saber. Entré en él y me senté
en mi sitio. El avión se puso en marcha. Sonreí y dije para mí misma:
-“Allá vamos”
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